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sábado, 14 de octubre de 2017

PAZ MUNDIAL, Carlos Ascencio Barillas, El Salvador


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PAZ MUNDIAL


Mi ruego que clama en los mares de tu llanto
y el deseo ferviente que acaricia tu boca
es el sueño de los hombres de buena voluntad
buscarte donde puedan encontrarte
una palabra de tres silabas con gran emoción
son los suspiros que emanan, gritando “Libertad”
es la primavera, de tu majestad,
el jardín de rosas, fragancia cautiva,
es la paz que siempre motiva.
Paz en el corazón solitario de cristales rotos,
Paz en el alma indecisa de los breves días
¿Quién osara despertar en la guerra?
¿Quién nublara el camino de la paz?
Si los niños tienen derecho a la vida,
¿Dónde se encuentra el firmamento de tus ojos?
¿Qué mente atroz amenaza la paz del mundo?
Si la paz es un deleite de agua pura,
y De cristalinos manantiales
que a los sueños llegan
y sus arroyos que abrasan tus cañadas
y de las altas montañas bajan
y revisten tus esplendorosos  robles,   
en el camino respiras aliento de vida
y la mirada de tu pupila nativa
nacen fuertes con tus grandes suspiros
¿Quién del mundo pretendiere?
¿Quién aparentare tu ancho sendero?
Y la estrella que iluminare tus noches,
bellos son tus parajes que conducen a tus linderos
son tus ojos que alumbraren tus encendidos eneros.
Yo acariciare la belleza de tus fragantes olivos
y las aves que surcan cielos sin motivos
lejos de las espesas selvas, allí renacieren
los hijos, los vientos y los juncos
por esa paz, que día a día  vive contigo
¿A dónde van tus infinitas ilusiones
Cuando desaparecen con un suspiro?
¿Dime si el odio pueda ser primero?
¿Acaso el invierno es menos corto
Que tu desvarío?
Es tu nombre que dibuja los infinitos umbrales
y el bello canto apacible de tu garganta fatigada,
en la noche oscura de tu silencio pendenciero
es la paz que clamo en los desiertos,
es la melodía que canta el mismo  corazón ausente
es la brisa que murmura a tu oído,
es la paz que descansa en tu regazo,
esa paz que el mundo pregona,
es la paz de un futuro que convierte,
el mañana perdurable de nuestras vidas,
y los vientos suaves   que recorren                                                                                                       
en tu armonía anhelante…

©CARLOS RODOLFO ASCENCIO BARILLAS, poeta y escritor salvadoreño
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA 





LA CARTA QUE NO LLEGÓ, Salomé Moltó, Alcoy, Alicante, España

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Imagen de: Depositphotos


LA CARTA QUE NO LLEGÓ     

            El apartamento de Marita era alargado, como el vagón de un tren; al entrar, la puerta del baño se perfilaba enfrente, al fondo; a la derecha se desplegaba una galería con un hermoso ventanal y a la izquierda, se alineaban las diferentes puertas de las demás dependencias, la cocina, el comedor y las habitaciones, cuyas puertas daban a la galería. Mi amiga siempre decía: me voy al tren, ya que al entrar a su vivienda se tenía la sensación de estar subida en un vagón de tren. Ella y su marido se pasaban la vida sentados en la galería donde el cálido sol aminoraba el frío. A tal punto, que les era apenas imprescindible una pequeña estufa, salvo los días nublados. Era un pasillo largo con puertas frente al ventanal.
            Pedro, el marido de Marita, consumía las horas sentado, mirando los edificios emplazados enfrente.
- Sale poco, desde aquí puede ver todas las casas.
- ¿Y no baja al parque?
- En absoluto. Al principio, cuando se jubiló, salía a jugar la partida con los amigos; ahora se pasa el tiempo atisbando por la ventana- me contestó Marita mientras miraba a su marido.
- Lo noto un tanto obsesionado, ya que apenas me ha saludado. Miraba al frente y ha vuelto a la misma posición.
-Sí, y estoy seriamente preocupada.
.- ¿Por qué...?- quise saber, mientras observaba que Pedro se mantenía como ausente contemplando siempre la ventana del edificio que quedaba enfrente de la galería.
- Pues verás, tú sabes que Pedro era cartero. Ahí enfrente vivía Rosa, una mujer de mal carácter, pero muy honesta. Su marido la dejó y ella tuvo que criar a su hija,  Jazmina, sola. No sé por qué extraña razón le tenía inquina a mi marido. Pedro decía por ahí anda la mala uva y nos reíamos un rato. Claro, y es que las dos ventanas del piso de Rosa dan directamente aquí. Y así, casi sin querer, observábamos todo lo que hacían madre e hija. Lo mismo les sucedía a ellas. A tal punto que no teníamos secretos los unos para con los otros.
Un buen día Jazmina se fugó de casa con aquel muchacho del Instituto y su madre se hundió en una gran tristeza; sobre todo porque la hija no le escribía y no le decía dónde estaba. Luego se enteró de que la muchacha había muerto en el parto y poco después Rosa se suicidó.
- ¡Qué horror! ¿Y qué tiene que ver esto con Pedro?
-Pues no lo sé, pero desde que se enteró de la muerte de Rosa, no ha querido salir más de casa y ahí lo tienes pegado a la ventana como si mirando y mirando pudiera aún verla. Y eso que Rosa le tenía tirria. La pobre mujer pensaba que todos los hombres llevan el pito colgando en la frente. ¡Ya ves qué absurdo!
            Marita cogió la bandeja y se fue hacía la cocina, y yo me levanté para ponerme el abrigo e irme también, cuando observé que Pedro se daba la vuelta y me observaba. Alargó la mano y me dio un sobre.
-Guardalo, ahí comprenderás todo mi drama. Yo era cartero, pero no de este barrio. Un compañero, el que hacía este servicio, me dio este sobre de la hija de Rosa para su madre y me dijo: Haz el favor de dejarla en el buzón, acaba de llegar y yo no iré a hacer el recorrido hasta mañana, así la pobre mujer la tendrá antes. Y yo, deliberadamente, me la guardé. No se la di, porque la buena señora me caía mal, porque había piropeado a su hija un par de veces y me tenía rabia y yo me quise vengar. Así, sin más.
Cogí el sobre y me lo guarde en el bolsillo del abrigo y salí de la casa después de despedirme y darle un beso a Marita.
            Subí al coche y conduje hasta casa, seriamente preocupada, porque estaba segura de que Marita no conocía la existencia de aquella carta. Pero lo que más me intrigaba era que Pedro me la hubiera dado a mí, sin más explicación que un breve preámbulo.
            Al llegar a casa subí a pie por no esperar al ascensor, que en ese momento estaba ocupado, y, sin quitarme el abrigo, me acerqué a la ventana para leer la carta. El sobre estaba rasgado, deduje que Pedro la había leído, y, llena de inquietud, empecé a leerla.
Mama, quiero que me perdones el no haberte escrito antes. Lo intenté muchas veces pero en el último momento desistía. Sé que he hecho una locura, pero ya sabes que el amor es ciego. He sido muy feliz con Andrés, por lo menos en los primeros tiempos. Ahora estoy embarazada y voy a tener el niño dentro de un mes. Las exploraciones clínicas han demostrado que corro un gran peligro. Tengo… bueno ahora no sé cómo lo llaman pero necesito tu ayuda. Si no me guardas rencor, quisiera que vinieras y si algo me ocurre que te hagas cargo de mi hijo. Andrés es muy joven y sus padres no se harán cargo de nada. Si no me contestas, deduciré que no me has perdonado y tendré que dar el niño en adopción. Esperando me comprendas, tuya, Jazmina
            Me dejé caer sobre el diván, un pensamiento martilleaba mi mente: “Pedro no le había entregado la carta a Rosa, para fastidiarla, sin saber del mensaje que llevaba dentro y abrió la carta cuanto Rosa desesperada por la muerte de la hija y la pérdida en adopción del nieto, se quitó la vida me quedé asombrada con terror de hasta dónde puede llegar la estupidez humana.

©SALOMÉ MOLTÓ, poeta y escritora española
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

                                                                                                                      

SUCEDIÓ EN GRAY TOWN, Adrián Néstor Escudero, Santa Fe, Argentina

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Imagen de: Taringa!

SUCEDIÓ EN GRAY TOWN[1]

A la Asociación Santafesina de Escritores (ASDE); en especial, a mis jurados del Premio “MATEO BOOZ” (1976) – ASDE,  Profs. Hesperia Mary Merlo, María Hortensia Oliva, y Antonio Camacho Gómez; con innegociable afecto y admiración…
               En especial, al querido escritor argentino, Prof. Norberto Pannone, Presidente de ASOLAPO-ARGENTINA, y responsable del maravilloso blog de difusión del Maná de la Palabra que nutre a dicha señera entidad de poetas, escritores y artistas, en clave de colegas hispanoamericanos…

Uno
     Cuando Mr. Clapton miró afuera desde la ventana de su casa en Gray Town, la lluvia desgranaba los objetos comunes que solía encontrar deambulando sus calles. Autos, vecinos, empalizadas, cobradores y moscas, eran un difuso mundo que tornaba a aclararse cuando la fuerza del vendaval dejaba por momentos de arreciar.
     Aun así, ni el huracán más violento, ni la escarcha más helada, ni el granizo más persistente, habrían de detenerlo.
     Estaba dispuesto a cumplir consigo mismo, y, el hecho de que la naturaleza compitiera con él o ahogara su ánimo con malos presagios, sólo aumentaba la fuerza de su rebeldía. Y la intensidad de sus pensamientos pudo apreciarse en la velocidad con que saltó de su cama, se vistió, desayunó y abandonó –íntegramente encapotado- su ajustado departamento de soltero.
     Ni siquiera, en su vehemencia, había notado el familiar zumbido que escapaba siseante de la consola de su aparato postal, y que, en rojo, titilaba sus luces en las tinieblas...
     Mr. Clapton caminaba a paso apresurado. De vez en cuando miraba hacia arriba pero el puente no aparecía. Enfundado en aquella capa gris, sólo el pelaje de los bigotes lograba emerger de entre la oscuridad cavernosa de unos ojos furtivos y escudriñantes.
     Mr. Clapton no estaba loco.
     Sin embargo...

Dos
     El pueblo había crecido. Sin lugar a dudas, en veinte años se había puesto a la altura del progreso alcanzado por las grandes ciudades. En realidad, no había sitio alguno con el que uno no pudiera comunicarse desde él y toda esa importancia material había trastrocado la conducta de sus gentes.
     Los corazones, forrados con la alegría del oro, se endurecieron, pero con gozo. Nadie podía decir en Gray Town que no era feliz, excepto Mr. Clapton y algunos otros que siempre habían mirado con recelo a aquellas ostentaciones del consumo. Por ende, su corazón no estaba endurecido por el oro, pero tampoco podía decirse que hubiera encontrado algún material –o inmaterial- elemento con qué forrarse para ser feliz.
     Mr. Clapton en ningún momento había abandonado su carácter hosco, retorcido y hasta delirante. Incluso, hasta se había propuesto organizar un Club donde sus socios sólo vivieran de la caza y de la pesca, anduvieran todo el día semidesnudos –como si fueran libres-, sin mirar video ni escuchar radio. Una vez, hace cuarenta años casi, había sabido de la existencia de un singular personaje: Robinson Crusoe. Y desde dicha ocasión, su vida había sido un continuo peregrinar por el bajel del tiempo, tratando de naufragar con éxito en algún sitio paradisíaco donde sentirse hombre, lejos de sus tontos vecinos, de sus alienados guardias civiles, de sus calles con limpieza electromagnética, de sus casas con frentes intercambiables, de sus troles, automóviles y, sobre todas las cosas, de aquella bendita máquina acechante y lógica que todo lo sabía o adivinaba...      


Tres
     Mr. Clapton pagaba sus cuentas, compraba su ropa, hacía su comida y visitaba a los que eran como él: meditabundos y ermitaños. Es decir, Mr. Clapton era un excéntrico; pero si bueno o malo, ¿quién lo juzgaría?
     Por supuesto, era muy raro verle obedecer alguna orden picoteada por la máquina postal, una especie de simple marioneta conectada al sistema de programación inglés. De todos modos, nadie podría aseverar que, en aquella época, existiera, si se quiere, una pizca de “incomunicación”.
     Mas esa tarde, Mr. Clapton no tuvo más remedio que enterarse de un nuevo fruto del progreso. Entonces, la piel se le erizó de terror -en principio- y de odio –después-.
     Mil veces maldijo el instante en que pasara por delante de aquel tonto vecino. Mil veces el momento en que le saludara –pues nunca lo había hecho-. Y mil veces más haberse detenido a escucharlo...
     Mr. Clapton sabía ahora la fecha de su muerte.
     Él se lo había comentado. Le había aclarado que se trataba del último descubrimiento. Que el Ordenador Mayor lo había logrado. Que los científicos estaban entre eufóricos por el éxito y melancólicos por sus posibles consecuencias.  Que todo ese tiempo en que había venido preparándose a la gente para un acontecimiento similar, podía haber resultado escaso para borrar al miedo de la lista de prejuicios ancestrales de los hombres. Que, de todos modos, el asunto era inevitable y que, el hecho de conocerlo, podía tener sus ventajas desde muchos puntos de vista. Que, al fin y al cabo, hacía tiempo que los hombres deberían haberse acostumbrados a ser dioses y no ídolos. Que había llegado la hora de programar en función de esto una nueva sociedad. Que…
     Mr. Clapton ya no estaba.
     Con los puños crispados se había ido maldiciendo a los que malgastaban su tiempo buscando cosas que acortaran o ensuciaran el de los demás...
     Sin embargo, no estaba loco.
     Cuando esa tarde penetró en su apretado cubículo derribando a puntapiés muebles y artefactos, destrozando vajillas e implementos, y mirando con odio asesino a una máquina tan gris como él que también lo miraba –pero con una especie de lástima en el discontinuo palpitar azul de su señal del “todo okey”-, uno podría haber pensado –sin temor a equivocarse- que un incendio sería declarado en Gray Town...
     Pero Mr. Clapton, de pronto inmóvil, con una suerte de maza tremenda blandida y amenazante sobre la indefensa criatura electrónica, dudaba en asestar el golpe mortal. “Un error de estos podría costarme la cárcel”, meditó. Y las cárceles eran sin duda más oscuras que toda la particular visión del mundo que lo destruía día a día…


Cuatro
     El puente estaba ahora a la vista.
     Era majestuoso.
     No obstante, se negó a reconocer la habilidad del millón de arañas que, con gran paciencia, lo habían tejido...
     El puente estaba levantado y los buques entraban al puerto, y, la niebla, esfumada con la noche, ocultaba sus vapores clandestinos en los acezantes muelles, mientras una gélida llovizna arrancaba a pálidas narices los primeros estornudos de resfrío.
     Mr. Clapton sabía que, aquel puente, era una hermosa y pequeña réplica que él mismo, en su juventud, había ayudado orgulloso a construir tomando como referencia al magnífico ejemplar tendido en Londres sobre el Támesis. Pero la hiel que llevaba acumulada en la suela de sus botas, no permitió a su ego contagiar la tierra con un sesgo de alegría...
     Si debía morir, lo haría como siempre había sido: circunspecto, idealista y empleado.
     Las aguas plomizas lo recibirían con su danza macabra y turbulenta, porque, las nubes, movedizas y chispeantes, asentadas en tenues reflejos, transformaban al río en un tenebroso tembladeral donde el barro y el musgo esperaban hambrientos alguna ofrenda...
     Mr. Clapton se turbó.
     “Aquello” era, en verdad, muy difícil.
     Pensó, entonces, por un momento (por eso creí que no estaba loco) en que, si moría, lo que había venido combatido lograría sobre él su mayor victoria. Despacio, sin prisa, le había ido avejentando. Le había ido nublando los cabellos y el alma hasta volverlos mustios como la niebla de su pueblo. Le había ido rodeando de enemigos y, ahora, ¡la estocada final! Ni siquiera esperaría a que su hora llegara por el carril más cómodo o lento de su infancia. No, Mr. Clapton se autoeliminaría, y los diarios, el video y la radio, todos cantarían con sus voces, sus letras, sus dibujos y su malgastada verborragia, la victoria sobre e infiel...
     Pero Mr. Clapton (en cierto modo esto también, aunque resultara contradictorio, me probó que no estaba loco) perseguía un gran triunfo. Un triunfo que la arrogante sociedad no percibiría sino demasiado tarde. Y “aquello” era demostrar a todos, simplemente, que no sería un 20 de marzo del año venidero el día de su muerte (como lo había asegurado la máquina infalible), sino este día: un 25 de diciembre de 2100... Demostrarle, pues, a todos, que uno podía ser libre hasta de elegir cuándo volver al polvo...  Demostrarles que, Navidad, era un buen tiempo para morir.


Cinco
     Por eso me negué a creerlo cuando lo supe.
     Por eso me golpeé las sienes y se estremeció mi alma en aquel mediodía escabroso.
     Mr. Clapton, que no estaba loco y que era mi mejor amigo, había olvidado su cita en ese día. Pero yo no.
     Y pasé a buscarlo.
     Y allí estaban los vecinos apretujados contra la puerta de su vivienda unimodular, parloteando y haciendo gestos. Gritando que llamaran a un técnico pues la máquina postal estaba humeando de tanto titilar en rojo sin ser detenida.
     Y entre esa marea susurrante y agorera hube de abrirme paso, observar el espectáculo de centelleantes látigos azules que castigaban las paredes y comenzaban a teñir de amaranto las cortinas y muebles de la casa, hasta arrancar una faja de papel blanco impresa que emergía, asustada, de la boca de la consola, y que anunciaba, con claridad: “ESTIMADO MR. CLAPTON H. SMITH: RECTIFICAMOS FECHA DE SU MUERTE. ÉSTA SE PRODUCIRA EN EL DÍA DE HOY, A LAS 11HS. 30’, 16’’. CON PESAR SALUDA A UD., SU COMPUTADORA PERSONAL”.

     El fuego envolvió la casa y ni siquiera la lluvia pudo impedir que su color, celeste y amarillo, se tiznara de fantasmas crujientes y dolorosos en los últimos bloques de piedra renegrida, que terminaron de sepultar para siempre entre sus brumas, la existencia de un amigo…

©ADRIAN NESTOR ESCUDERO, poeta y escritor argentino
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA



[1] ADRIÁN N. ESCUDERO (Santa Fe, Argentina) - Texto ajustado al 24-06-2004 para su 2da. Edición en proceso como ebook (Editorial Ave Viajera SAS, Bogotá, Colombia/Plataforma Amazon).

  Su versión original (05-01-1976) integró la primera edición del Libro “LOS ÚLTIMOS DÍAS” (Ediciones Colmegna S.A. – Santa Fe, Argentina – 1977),  págs. 47/52.

   Primer Premio Concurso Literario para Escritores Jóvenes “Mateo Booz” - Año 1976 – Asociación Santafesina de Escritores (ASDE) – Santa (Argentina).

   Publicado el 31-12-2005 en el Magazín virtual MUNDO CULTURAL HISPANO (Círculo literario de Alicante – España) – Director: Denis Roland.-












DONDE HUBO UN TODO, Zulma Nicolini Rolllano, Gualeguaychú, Entre Ríos, Argentina

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DONDE HUBO UN TODO

Para existir la nada fue preciso de un todo.
Lo que hoy es la muerte
seguro fue la   vida.
La ausencia fue presencia,
la vejez , juventud.
El paso lento reemplazó la carrera.
Recuerdos se acumulan reemplazando los sueños,
y este dolor enorme por perder las estrellas
nos habla de la nada al dejarnos vacíos.
El tiempo nos retuerce despiadado
para que comprendamos cuánto hemos perdido.

© ZULMA NICOLINI ROLLANO, poeta y escritora argentina

MIEMBRO GOBERNADOR CULTURAL de ASOLAPO ARGENTINA en la PROVINCIA de ENTRE RÍOS, ARGENTINA 

"DELANTE DEL SOL" y "FUEGO EN EL COSMOS", Yolanda Elsa Solís Molina (NALÓ), Barcelona, España


"DELANTE DEL SOL"




 "FUEGO EN EL COSMOS"


Obras pictóricas de:

YOLANDA ELSA SOLIS MOLINA (NALÓ), poeta, escritora y artista plástica argentina
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA

MONO SAPIENS, Ángel Medina, Málaga, España





MONO SAPIENS
                                                                                          
¿Qué ocurrirá al final de los tiempos?

El apocalipsis del mundo sobrevendrá, según lo explican los astrofísicos dentro de unos 5.000 millones de años, cuando nuestro sol, agotado el hidrógeno y el helio se convierta en una gigante roja, absorbiendo a todos los planetas del sistema. Hasta es posible que la vida inteligente haya evolucionado hacia otras formas. Algunos, incluso especulan que mucho antes el ser humano tendrá otra apariencia, dotado de un cuerpo diminuto,  rematado por  una giba que hará las veces de acumulador para  alimentarse por fotosíntesis, coronado por una gran cabeza capaz de albergar un cerebro mucho más desarrollado. Otros, aventuran y fantasean que no será necesario el esfuerzo para conocer, pues se le insertará un microchip en la testa con una cantidad enorme de datos, convirtiéndose así en una enciclopedia andante. Una suerte de ciencia infusa.

El mundo está a punto de ser destruido y la vida a concluir. En la infinita soledad que se palpa allá, en la cual los cuerpos celestes van y vienen   desandando sus órbitas; acá, donde los océanos se han desecado como eriales y puede oírse el ulular del viento huracanado que sobrevuela la muerte, guardando la tumba del inmenso cementerio que es todo el planeta; donde en el horizonte se juntan lo que fue el cielo y lo que ahora es la Tierra, a intervalos, al otro lado fuego, acullá pavesa, se inicia el caos.  Oscuridad que se interrumpe a sí misma con eructos intercalados del astro que procuró la primera savia; por momentos llamaradas infatigables que iluminan el firmamento con su resplandor, y que lejos de ser vida son signos de su óbito, anunciando la inminente defunción de la estrella. Son los últimos vahídos de la existencia que fue y que pronto no será. El ocaso. Preludio de la aniquilación. Apocalipsis.

Imagínate lector tan dantesco espectáculo y asiste expectante a un   diálogo vehemente. Tenso debate, donde cuestionan su sino los personajes que representan el principio y el fin de la evolución.

Al fondo, presta a partir, se perfila la silueta de una mole apuntando hacia el cielo, escupiendo fuego por sus nalgas metálicas.


-          Aunque no te aborrezca, no quiero reconocerte.
-          No puedes hacerlo. Yo soy tú.
-          En nada nos parecemos.
-          No debes mirarme a mí, sino a ti mismo. Lo que se es no es producto de la apariencia, sino hija de la inteligencia.  Soy el resultado de tu involución. No conseguiste llegar a ser el que estabas destinado a ser y descendiste hasta mí. Yo empujé de abajo hacia arriba, primero, y tú de arriba abajo, después. ¡Pero almacené el conocimiento! Lo que nos diferencia es que tú no has aprendido de tus errores y yo me miro mucho en ellos para no imitarte.
-          ¡Protesto! Yo soy mi libertad   (1)
-          ¡Libertad! ¿Y cómo la has empleado? Has sido para ti la única referencia, sin saber buscar una instancia superior que te sirviese de guía. Un espejo en el cual mirarte. (2) Mira la estela dejada desde el cainismo. Es esto lo que te ha llevado a convertirte en el que ahora contemplas.  Te traicionó la suficiencia y tuviste que esconderte tras un taparrabos. Tu mayor pecado ha sido permanecer en la “hýbris” que ya reflejaba el mundo griego (3). La arrogante autosuficiencia para desechar la divinidad y así poder ser un dios para ti mismo, a fin de vivir sin Ley y ser el dueño de tu destino.  Quisiste meter dentro de tu cabeza lo que no cabía en ella. ¿Acaso crees que, aunque la gota proceda del infinito océano, puede abarcarlo en su inmensidad?  ¿O tal vez que sólo existe lo que puede medirse y saberse? De aquellos polvos los presentes lodos.  Además, siempre fuiste un depredador.
-          No obstante, abrí con la ganzúa de la razón el Libro de la Ciencia y el progreso.
-          ¿Y adónde te ha llevado eso? Es verdad que conseguiste desintegrar el átomo. Pero, sin embargo, no te has llegado a conocer.  Eres el gran desconocido de ti mismo. Por eso, soy yo tu metamorfosis. Tuviste al alcance de tu mano el cielo y te hiciste acreedor del infierno. Ibas para más que ángel y mira en lo que has quedado.
-          ¡Ilusión! Tú, todavía no eres yo.
-          No sé cuál de los dos será menos animal. Pero, tú perdiste tu naturaleza. Con todo, tratasteis de acreditaros, gritando: “Humano, demasiado humano, para así justificar la insuficiencia y los desmanes (4). ¿Dónde sitúas, pues, eso que llamas libertad de la conciencia responsable? De cualquier manera, la sensibilidad acarrea debilidad ¡Por si acaso, yo he tomado mis precauciones!
-          ¿Qué es lo que quieres decir?
-          El tiempo se agota. Se necesitarían aún muchas generaciones para que volviese a germinar de nuevo y por completo mi semilla en el árbol terrenal. Tantas como fueron precisas de ti para mí. Pero, olvidemos toda metafísica. Lo que es incuestionable es que he sabido enmendarte la plana y conseguiremos perpetuarnos. Es cierto que la criatura que he engendrado carece de cualquier vestigio tuyo, y por tanto también de sentimientos ni ánima que puedan elevar su condición o arrastrarla a los abismos más profundos, ignorando cuál es su procedencia y destino, pero sí que está dotada de un saber superior al nuestro, tanto como fuisteis capaces de almacenar a lo largo del curso de la Historia. Ella no sufrirá ni tampoco hará sufrir. No esperará la recompensa de un cielo ni el castigo de un infierno, aunque al no llevar consigo la primera culpa con la que inseminaste al mundo, no se propagará el mal. Será el alumbramiento de una nueva especie. Nosotros somos el alfa y el omega, y estamos a punto de caducar, pero ella será la continuidad. El después de nuestro antes.

En aquel momento resonaron unas pesadas pisadas, al tiempo que el Universo volvía a conmoverse vomitando fuego, dando lugar a un espantoso estruendo que resonó por encima de sus cabezas, haciendo que retrocedieran nuevamente las tinieblas. Aquel instante les bastó para que pudieran despedirse antes del fin, mirándose cara a cara.

Uno era el último hombre, y por todo ropaje llevaba una modesta telita con la que ponía a recaudo su pudor. El otro un mono que caminaba erguido y vestía un impecable traje, y el recién llegado un autómata.

-          Te presento, hijo de Adán, a tu nieto, mi vástago y sucesor. Nuestra descendencia. Una máquina producto de la cibernética más avanzada. Ya nada causará aflicción, allá donde vaya. El dolor y la culpa no habitarán en él al carecer de conciencia. Es la criatura perfecta. El hombre sin alma.

(1)   “Las Moscas”  (J.P. Sartre)
(2)   “La Razón práctica” (E. Kant)
(3)   Epopeyas de Homero.
(4)   “Humano, demasiado humano” ( F. Nietzsche)

·             Ver más en   http://novelapoesiayensayoangelmedina.blogspot.com

©ANGEL MEDINA, poeta y escritor español
MIEMBRO HONORÍFICO DE ASOLAPO ARGENTINA




sábado, 7 de octubre de 2017

LA MADRE DIJO QUE IBA A MORIR, Norberto Pannone, Buenos Aires, Argentina


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LA MADRE DIJO QUE IBA A MORIR

Dijo que iba a morir
cuando el sol de un domingo
se abatiera en la sombras
y arreboles de luces
fenecieran en nubes
de una tarde de abril;
cuando el canto del grillo,
en estéril congoja,
regañara al rocío del frescor otoñal;
mientras que las ristras de las uvas tardías,
devenidas en pasas,
cayeran sin culpa de las secas ramas.
Dijo que se iría, sola con su alma,
por acequias sin agua y senderos de parra
vagando en cogollos de remotas nostalgias.

Dijo que iba a morir
cuando las semillas dejaron la casa;
cuando nadie viniera;
cuando la olvidaran.
Y ella quiso morirse,
porque estaba segura
que el abril y el otoño
merodeaban la farsa.

Cuando todos huyeron del forzado alarde
y el silencio apostaba con los pobres viejos;
ella aún observaba la ventana vacía
con la larga porfía de sus ojos yertos!

La luz de la tarde feneció de arreboles.
Ella estaba quieta sin su pantomima,
obcecada pose que adoptan los muertos.

Tercer domingo de octubre. el Día de la Madre en argentina. 

©NORBERTO PANNONE, poeta y escritor argentino
PRESIDENTE DE ASOLAPO ARGENTINA